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al programa
Algunos
puntos desarrollados por Manuel Baldiz en la Mesa Redonda (Seminario
Abierto) sobre “TERRITORIOS DE LA TERAPIA”
Viernes 28 de Marzo de 2008
Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de
Barcelona
1)-A
título de qué estoy en este seminario abierto
Se supone que se me ha invitado en tanto “veterano”
ó “excombatiente” de la llamada Antipsiquiatría.
Podría evocaros un poco lo que significó ese movimiento,
pero dicha evocación nos llevaría demasiado tiempo.
También podríamos preguntarnos si en la actualidad
no se están dando algunas circunstancias que implican
cierto retorno al discurso anti-psiquiátrico, ó
incluso cierto renacimiento del mismo.
Entiendo que estoy aquí también por haber colaborado
en el documento del grupo “Espai en Blanc” que lleva
por título “La sociedad terapéutica”.
Remito a los interesados al artículo que escribí
para dicho documento, “El psicoanálisis frente
al discurso del Amo contemporáneo”.
Y, en tercer lugar, estoy aquí en tanto psicoanalista.
¿Ello quiere decir también “terapeuta”?.
Si y no, depende de cómo conceptualicemos el psicoanálisis
y también ese conjunto heterogéneo que se nombra
habitualmente como “las psicoterapias”.
El análisis es terapéutico, pero es una terapia
radicalmente distinta de las demás. Donde las otras dicen
“sé lo que te pasa”, el psicoanálisis
(orientado sobre todo a través de Freud y Lacan) dice:
“Habla”.
No estoy aquí para decir “el psicoanálisis
lava más blanco”, dado que justamente la diferencia
entre el análisis y otras terapias es que en el proceso
analítico no se trata en absoluto de “lavar”,
si no de analizar, de desentrañar el sentido de los síntomas
y de tener más conciencia de lo que sucede.
El psicoanálisis es una praxis que no tiene respuestas
universales y que incluye una revisión crítica
y continua de sus postulados. Ello se vincula, de algún
modo, con el concepto de castración, tan mal entendido
habitualmente. La castración va de la mano del reconocimiento
de los límites y de la incompletud.
2)-Los
territorios de lo terapéutico
Un síntoma de nuestra pos-modernidad es el modo en que
los territorios de lo terapéutico se han ido expandiendo
progresivamente hasta ocupar la casi totalidad de los ámbitos
de la sociedad.
Es como si ya no hubiera lugares en los que lo terapéutico
tenga su especificidad. Los territorios de la terapia ya no
son solamente los hospitales ó los manicomios, ó
los centros de salud mental ó las consultas de los especialistas
en el malestar psíquico. Las fronteras entre el dentro
y el fuera de lo terapéutico se han vuelto completamente
difusas e imprecisas. Ahora pueden ser espacios terapéuticos
los “esplais”, los centros cívicos, la radio,
la televisión, incluso la prensa y las plazas de las
ciudades. ¿Estamos ya en el “panopticón
globalizado”?.
Un ejemplo significativo es el de los llamados “dominicales”
de la prensa en los que, en los últimos años,
hay una impresionante inflación de todo tipo de consejos
y de informaciones sobre numerosas supuestas terapias y disciplinas
que pretenden ayudarnos a vivir mejor, ser más felices,
tener una mente y un cuerpo más equilibrados, una relación
más armoniosa con los hijos, etcétera…
Y, en otro sentido, también asistimos a una expansión
un tanto discutible de lo psicoterapéutico que se infiltra
de manera automática frente a cualquier acontecimiento
humano. Me refiero, por ejemplo, a ese curioso fenómeno
de los psicólogos que la administración estatal
envía con celeridad para que atiendan de manera inmediata
a los ciudadanos que acaban de sufrir un accidente, una pérdida
traumática, una catástrofe…
3)-Un
apunte sobre la medicalización
Cuando criticamos la medicalización excesiva de los malestares
de la vida cotidiana, no se trata de cuestionar solamente el
abuso de los fármacos ó el recurso demasiado fácil
a la farmacología.
Con la medicalización existe otro punto tanto ó
más peligroso, y es el hecho de que muchos individuos
se acomodan a dejarse representar por un término médico
que supuestamente los define, los nombra, como si diese cuenta
de la globalidad de su ser. Muchos sujetos dicen “soy
un fóbico social” ó “soy una bulímica”,
ó cualquier otro diagnóstico de moda, y a partir
de entonces dejan de hacerse preguntas acerca de lo que les
sucede.
Plegarse de una manera “a-crítica” a ese
discurso médico (la mayoría de las veces, radicalmente
biologista) anula el poder subversivo de muchos malestares subjetivos.
4)-De
la extrema medicalización hasta el esoterismo
Asistimos en la actualidad a una imparable tendencia a medicalizarlo
todo. Se inventan más y más enfermedades. Así
por ejemplo, el modelo de las adicciones ha servido en los últimos
años para “crear” nuevos cuadros supuestamente
clínicos como son la adicción al sexo, la adicción
a Internet y a los videojuegos, la adicción al trabajo,
los compradores compulsivos, la vigorexia, etc... Se multiplican
igualmente las etiquetas diagnósticas que pretenden encajonar
cualquier fracaso del sistema, ya sea escolar, laboral, sexual,
en ámbitos pretendidamente sanitarios. Además,
tal y como describe muy bien Philippe Pignarre (“El gran
secreto de la industria farmacéutica”), los grandes
laboratorios farmacéuticos popularizan enfermedades que
no lo son, como la “menopausia masculina”, el “enamoramiento
patológico” ó la “depresión
puntual recurrente” y logran que los médicos receten
cada vez más medicamentos sin que exista, en un elevado
porcentaje de los casos, ninguna necesidad verdadera para los
mismos.
En este mundo de medicalización masiva, asistimos simultáneamente
(en una suerte de reverso de la moneda) a una explosión
imparable de todo tipo de terapias nuevas y no tan nuevas que
se mezcla a su vez con un interés creciente por los libros
de autoayuda y por los supuestos apóstoles de novísimas
sabidurías que nos prometen llevarnos en volandas (si
seguimos sus consejos) a la felicidad perpetua. Es una mezcolanza
en la que cabe casi todo y que parece funcionar como un contrapunto
más o menos irracional a ese empuje medicalizador imparable.
Si echamos una ojeada a ese conjunto heteróclito de terapias,
una de las cosas que llama la atención es que podemos
situarlas o bien como hijas bastardas y completamente confusas
del propio psicoanálisis o como reacciones beligerantes
en contra del mismo. Las que se engloban en el segundo grupo
derivan de una manera más o menos explícita del
conductismo y su negación ya clásica de los procesos
inconscientes. Del otro lado, tenemos un grupo vastísimo
de terapias en muchas de las cuales se esgrimen ideas y argumentos
que están claramente extraídos del psicoanálisis
pero sin la fuerza y el rigor que tienen dentro de la práctica
analítica. Muchos conceptos fundamentales del psicoanálisis
se redescubren, se trivializan, se descontextualizan, y en la
mayoría de los casos cuando se echa mano de ellos para
justificar una determinada psicoterapia ni siquiera se menciona
(¡a veces casi mejor!) la deuda contraída con el
análisis y la falta de originalidad de aquello que se
pretende pasar por nuevo.
5)-La
señora D: Tres respuestas posibles
El modo en que se escucha una demanda de tratamiento modifica
absolutamente las posibilidades de intervención.
Veamos un ejemplo. La señora D decide acudir a un profesional
de la salud mental en un momento de su vida en que se siente
desbordada y llena de angustia. Desde hace unos años
vive con un hombre separado y las dos hijas adolescentes que
él tuvo en un primer matrimonio. Relata su vida cotidiana
como una especie de condena interminable de sinsabores, disgustos,
enfados y malentendidos. Se ha frustrado su deseo de tener algún
hijo propio dado que su compañero no quiere volver a
ser padre, pero a la vez tiene que cargar con todas las dificultades
de convivencia diaria que generan esas dos adolescentes malcriadas
y carentes de límites.
¿Qué pide, qué demanda?. Alivio, tranquilidad,
sentirse mejor consigo misma y con los demás. Demanda
absolutamente legítima, pero un tanto inespecífica.
Dependiendo de a qué tipo de profesional consulte, dicha
demanda se podrá modular de diferentes modos.
Examinemos tres opciones básicas, las más habituales
en la práctica, y así podremos mostrar de un modo
sencillo la diferencia más radical entre el psicoanálisis
y el resto de las psicoterapias..
Primera opción. Aquel o aquella que recibe a la señora
D opta por ayudarla a soportar mejor la situación. La
palabra clave en este caso es “soportar”, aunque
casi nunca se enuncie de manera explícita. Respuestas
aparentemente diferentes como la medicación, el consuelo
religioso o las técnicas de relajación se inscriben
claramente en esta lógica del soportar.
Numerosos estudios estadísticos demuestran una y otra
vez la tendencia cada vez más creciente del uso y abuso
de psicofármacos en la ciudadanía. El consumo
de antidepresivos en España ha aumentado en tan sólo
diez años un 250% y una investigación del Instituto
de la Mujer señala que un 80% de la población
femenina española reconoce haber tomado algún
tipo de tranquilizantes. Al margen de que para algunas personas
los fármacos sean realmente útiles en determinados
momentos, es importante apercibirse de que su utilización
masiva en la sociedad ultra-capitalista funciona de un modo
semejante al de las drogas más tradicionales, a la manera
de un “quitapenas”, anestesiando a los pacientes
y obturando cualquier tipo de pregunta. Y a ello se añade
el riesgo, bien conocido también en la clínica
de los estupefacientes, de la dependencia, tanto física
como psicológica.
Si el que recibe a nuestra pobre señora D es un psiquiatra
moderno más o menos convencido de las bondades de la
psicofarmacología, le recetará una combinación
de un ansiolítico y un antidepresivo de la última
generación. Respuesta de apariencia científica
pero de lógica conservadora.
Algunos psicoterapeutas ajenos a la psiquiatría y aparentemente
muy alejados del pensamiento médico responden, en el
fondo, desde una lógica muy similar, recomendando y enseñando
diversas técnicas corporales o mentales que ayudarían
a la desbordada señora D a proseguir su calvario cotidiano.
Existen psicoterapias y/o psicoterapeutas que, a pesar de rechazar
o criticar la utilización de la farmacopea, ubican su
proceder terapéutico en el mismo registro que ésta,
tratando de que el paciente perciba las cosas de otra manera
y/o las pueda tolerar mejor basándose en relajaciones,
autoengaños mentales, vagas apelaciones a lo energético,
etc….
¿Cuál es la segunda gran opción?. Intentar
cambiar la situación que supuestamente está generando
el malestar, modificarla de algún modo, pero sin preocuparse
de entenderla y mucho menos aún de plantearse cual es
la implicación del sujeto en la misma. Muchas psicoterapias
diversas se incluyen en este apartado, desde las técnicas
conductistas más clásicas hasta las terapias psico-eductivas
más modernas que pueden mezclar consejos de las sabidurías
tradicionales con trucos de puro sentido común. Un fenómeno
mediático muy reciente conocido como “La Supernanny”
se inscribe de pleno en dicha dinámica. Se trata de un
exitoso programa de la televisión anglosajona en el que
familias con serios problemas de educación con sus hijos
solicitan los servicios de la super-niñera. Ésta,
una especie de institutriz a la vieja usanza que utiliza términos
científicos cognitivo-conductuales junto a algunos ingredientes
de la terapia sistémica, se instala unos días
en la casa familiar y, tras observar las dinámicas perturbadas
y perturbadoras, sugiere nuevos patrones de conducta y de relación
a fin de hacer desaparecer los síntomas que han motivado
la consulta.
A la señora D, la super-niñera le daría
una serie de consejos no exentos de cierta lógica con
la finalidad de intentar instaurar un mínimo de orden
y de autoridad bien entendida en la relación con los
rebeldes vástagos de su compañero. Todo ello de
acuerdo a la conocida dinámica de la “caja negra”
en la que no importa saber lo que sucede dentro del psiquismo
de los que interactúan, importando solamente el resultado,
los efectos prácticos conseguidos.
Como es obvio, reservamos la tercera modalidad de respuesta
a la escucha propia del psicoanálisis. Si aquel que recibe
a la señora D es un (o una) psicoanalista no responderá
tratando de ayudar a que ésta pueda soportar mejor la
situación de la que se queja, pero tampoco se precipitará
en tratar de cambiar dicha situación. Sabrá, por
experiencia, que a menudo los sujetos se aferran con paradójico
desespero a aquello que supuestamente quieren modificar. Tomará
la queja de la señora en cuestión como un síntoma
a ser analizado y la invitará a intentar saber cómo
y porqué se ha enganchado en una situación así.
A través del trabajo analítico, D podrá
alcanzar una posición subjetiva que le permitirá
saber si desea soportar o no por más tiempo esa situación
y también si quiere realmente cambiarla. Conocerá
también las marcas particulares de su historia que explican
su elección como pareja de un hombre con hijos y con
serias dificultades en el ejercicio de la paternidad, y podrá
atravesar los ideales fantasiosos que la llevaron a creer que
ella podría con todo eso.
PRESENTACIÓN
Manuel
Baldiz Foz nació en Barcelona en 1952. Cursó la
carrera de medicina y se especializó en psiquiatría.
Paralelamente se formó como psicoanalista y ejerce en
su ciudad natal.
Ha colaborado en muy diversas instituciones públicas
y privadas de la salud mental, intentando potenciar una escucha
de los malestares y los sufrimientos que vaya más allá
de los modelos reduccionistas biológicos ó psicológicos.
Es miembro fundador y docente de ACCEP (Asociación Catalana
para la Clínica y la Enseñanza del Psicoanálisis)
y analista miembro de la EPFCL (Escuela de Psicoanálisis
de los Foros del Campo Lacaniano).
Apasionado explorador de las articulaciones entre el psicoanálisis
y otros campos del saber y el arte.
Tiene numerosos artículos publicados en revistas psicoanalíticas,
médicas, y de cultura general.
Coautor de los libros colectivos “Salud mental”
(editorial Doyma, 1992) y “Conceptos freudianos”(editorial
Síntesis, 2005).
Coautor -junto a Mª Inés Rosales- de “Hablando
con adolescentes” (Diván el Terrible, Biblioteca
Nueva, 2005).
Autor de “El psicoanálisis y las psicoterapias”
(Diván el Terrible, Biblioteca Nueva, 2007).
EL
PSICOANÁLISIS FRENTE AL DISCURSO DEL AMO CONTEMPORÁNEO
Si
quieres días felices, no analices
Una mujer joven acudió a la consulta de un psicoanalista
diciendo que quería analizarse. Como es obvio, al analista
le pareció estupendo que llegase con una demanda tan
decidida, pero no dejó de sorprenderle su insistencia
en formularlo de un modo tan claro. Sus malestares la inducían
a solicitar ayuda, y así lo hacía, con el “plus”
no demasiado habitual de explicitar de viva voz que lo que quería
era analizarse. El analista le preguntó entonces por
qué quería analizarse. Ya había contado
un poco sus malestares sintomáticos, pero ¿por
qué precisamente analizarse?. Parecía influir
conscientemente la identificación con una buena amiga
que estaba en análisis desde hacía un tiempo,
aunque la propia sujeto añadió -no sin un cierto
toque de ironía- que no la veía mucho mejor desde
que se analizaba. Y entonces, tratando de contestar la pregunta,
surgió una asociación deslumbrante. Su madre,
desde que ella era pequeña, le decía a menudo
la siguiente frase: “Si quieres días felices, no
analices”.
Así pues, para esa paciente su intención tan decidida
de analizarse se jugaba, entre otras razones, en una tentativa
de contradecir a la madre y/ó de hacer algo con ese extraño
dicho materno. Manera particular de acudir al analista, particular
como todas las buenas maneras de hacerlo. Siempre se acude al
analista, y sobre todo se entra en análisis, a través
de rasgos particulares, no puede ser de otra manera. Pero la
anécdota es válida para abordar la cuestión
de la posible articulación entre el análisis y
la felicidad. ¿Acaso hay alguna incompatibilidad estructural
entre la felicidad y el análisis?. En sentido amplio,
no, desde luego, aunque tendríamos que definir bien desde
la teoría analítica qué significa eso de
ser feliz. Lacan, en un momento dado de su enseñanza,
sostuvo de manera provocadora que no hay más felicidad
que la del falo, e incluso propuso un neologismo chistoso: la
“falicidad”.
Por supuesto que no hay una incompatibilidad absoluta entre
cierto grado de felicidad razonable y la experiencia de un psicoanálisis,
pero lo que sí está claro es que si alguien no
quiere arriesgarse a perder ni una parte del goce inconsciente
de sus síntomas y aspira –por el contrario- a conseguir
una felicidad rápida, “ready-made”, fácil
de adquirir y sin complicaciones, el mercado de nuestro postmoderno
capitalismo de ficción le ofrecerá multitud de
“gadgets” para quedar gozosamente obnubilado y estupefacto:
los iPOD’s para escuchar música sin fin, el ADSL
para estar siempre “conectado”, los chats infinitos
y universales para simular que se dialoga con alguien, los SMS,
la TDT, el “home cinema”, las pantallas gigantes
de LCD ó de plasma, los móviles con cámara
digital y vídeo, los DVD y los Blue-ray, los artilugios
eróticos más avanzados y elegantes (nada de la
zafiedad “vintage” de los antiguos consoladores)
las nuevas e hiper-sofisticadas técnicas de la cocina
de vanguardia, el sexo cibernético (con el que no se
corre ningún riesgo salvo el muy real de quedarse encerrado
en casa para siempre), la cirugía estética cada
vez más en auge tanto para mujeres como para hombres,
la medicina “anti-aging”, etcétera, etcétera;
y en el campo supuestamente terapéutico, los masajes
de todo tipo y procedencia, las flores de Bach, la psicomagia,
las mil y una terapias que florecen como setas, y con algo más
de pedigrí pretendidamente científico, los antidepresivos
de última generación, la PNL (programación
neurolingüística) y sobre todo las cada vez más
famosas TCC, es decir las terapias cognitivo-conductuales. Éstas
últimas, las TCC, están adquiriendo un peso tan
fuerte y un protagonismo tan avasallador que conviene que las
conozcamos de cerca para entender bien de qué se trata
y poder estar muy alertas. No menospreciemos su poder.
Tanto las neurociencias como el cognitivismo exhiben un modelo
de interpretación del mundo mucho más difícil
de denunciar que el biologismo simplista de la primera mitad
del siglo XX ó el conductismo (tipo “La naranja
mecánica”) de hace ya bastantes décadas.
Ha llegado el momento de volver a cierta reivindicación
de la llamada “antipsiquiatría”. No es extraño
que algunos jóvenes estén desempolvando viejos
textos antipsiquiátricos (Laing, Cooper, Bassaglia) y
nos pregunten a los supervivientes de aquellos tiempos qué
queda de aquel discurso crítico contra los abusos de
la medicalización del sufrimiento psíquico. Es
el momento de reconocer que los autores de la antipsiquiatría
cayeron quizás en algunas ingenuidades reduccionistas
e hicieron, en ocasiones, un elogio de la locura difícilmente
sostenible en la vida cotidiana; pero, a pesar de ello, la crítica
permanente de la medicalización del malestar psicológico
no puede desfallecer. Desde esa perspectiva el psicoanálisis
(sobre todo el que se orienta a través de Lacan) es,
hoy por hoy, el reducto más digno y consistente del discurso
anti-psiquiátrico, en el sentido de aquel que puede todavía
poner límites a la pretensión de la psiquiatría
posmoderna de explicar y tratar cualquier conducta humana.
Discurso
analítico versus discurso del Amo postmoderno
Si desde el psicoanálisis tratamos de aportar elementos
de reflexión en relación a las características
más destacables de nuestra contemporaneidad, puede afirmarse
que uno de los fenómenos más llamativos es el
declive del padre. Lacan, en los años treinta, ya anticipó
ese progresivo eclipse de la figura paterna. Evidentemente Lacan
no era un profeta, pero supo captar muy bien el inicio de ese
fenómeno creciente. Es indiscutible que en dicho declive
ha influido de algún modo el propio psicoanálisis,
pero sobre todo han influido enormemente el movimiento feminista
y el progreso de la ciencia (pensemos por ejemplo en las nuevas
técnicas de reproducción asistida que hacen estallar
el modelo tradicional de familia, y también las técnicas
de clonación).
Con respecto a la llamada “caída de los ideales”
de la que tanto se habla en los mass-media y en algunos discursos
sociológicos, hemos de intentar precisar de qué
se trata. Lo que parece estar ocurriendo no es tanto la desaparición
de los ideales antiguos sino más bien su pluralización,
su estallido, coherente con la llamativa apelación de
algunos autores al “fin de la historia”, slogan
que ha hecho fortuna en cierto pensamiento reaccionario disfrazado
de hipermodernidad.
Ya no hay apenas ideales universalistas, es cierto. En términos
analíticos podríamos decir que hoy en día
no quedan apenas significantes-amo que universalicen como lo
hacían antes, pero por supuesto siguen habiendo significantes-amo,
en realidad tan o más potentes que nunca: lo que sucede
es que se han multiplicado y ya no se pueden poner fácilmente
en el lugar que hasta hace muy poco ocupaban los grandes Ideales
con mayúsculas. El “a priori” moral kantiano
que tenía que servir para todo sujeto parece haber quedado
obsoleto. Algunos apuntan a que lo único que todavía
desempeña mínimamente esa función es la
declaración universal de los derechos humanos, como una
alternativa ética laica a la moral religiosa perdida.
Hemos pasado además en muy poco tiempo de un paradigma
que nos decía que habíamos venido a este mundo
para sufrir (un valle de lágrimas), a otro, oscuramente
mezclado con los imperativos de la sociedad de consumo, que
nos dice que hemos venido a este mundo para disfrutar. Comprobamos
día a día como esa paradójica exigencia
de disfrutar está teniendo efectos clínicos indiscutibles
en muchos sujetos. Al mismo tiempo, los progresos de la técnica
nos impulsan al culto de la avidez: con la técnica, lo
posible se vuelve deseable y lo deseable instantáneamente
necesario (como bien saben utilizar los “creativos”
publicitarios). El síntoma de la “hiperactividad”
que sufren (supuestamente) muchos niños actuales y que
ha saltado recientemente a los mass-media es una excelente metáfora
de ese empuje feroz a la movilidad y el consumo constantes,
a la cultura del zapping y de lo “fast”, de la inmediatez
y del no-aburrimiento. Los que se dedican a la educación
y la enseñanza constatan día a día los
estragos de todo ello en los adolescentes que tienen en sus
aulas.
Igualmente, el fenómeno de la des-responsabilización
es cada día más manifiesto. Ya Nietzsche nos había
advertido de ese error peligroso cuando escribió en su
“Genealogía de la moral”: “Sufro: indudablemente
alguien tiene que ser el causante, así razonan las ovejas
enfermizas”. En palabras de Pascal Bruckner, la tentación
de la inocencia es una creciente enfermedad del individualismo
actual que se expande en dos direcciones, el infantilismo y
la victimización, dos maneras de huir de la dificultad
de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada.
Es algo comprobable también cada vez más en la
práctica clínica de los analistas, así
como en la vida cotidiana y en los medios de comunicación.
Declararse inocente es efectivamente muy tentador. Se produce
una infantilización que resulta muy cómoda. Si
alguien sufre, si tiene malestares ó síntomas
diversos, siempre puede recurrir a buscar la causa de los mismos
en dos polos extremos: la biología o lo social. El sujeto
así se des-responsabiliza. No es él, son sus genes,
sus enzimas, sus hormonas, sus circuitos neuronales, o, en el
otro extremo, la sociedad, con sus presiones, sus injusticias
y sus exigencias. Esa dialéctica es muy evidente, por
poner un solo ejemplo, en el caso de la supuesta epidemia actual
de los trastornos de la alimentación. Frente a la anorexia,
las respuestas más inmediatas son la apelación
a algún trastorno bioquímico causal y, simultáneamente
y en el otro polo del arco etiológico, la acusación
a los estereotipos sociales de los dictados de la moda y del
culto a los cuerpos bellos. Cualquiera que reflexione mínimamente
sobre dichos fenómenos se dará cuenta enseguida
de que, en todo caso, el cuerpo anoréxico hace una suerte
de escarnio de esos dictados de belleza (en lugar de alienarse
a ellos) y a la vez parece rechazar la cultura de la superabundancia
y del consumo sin límites. En la escucha atenta de muchos
de esos sujetos pueden rastrearse las marcas del encuentro con
un Otro materno que, en palabras de Lacan, “le atiborra
con la papilla asfixiante de lo que tiene, es decir confunde
sus cuidados con el don de su amor”. Sin duda esa dinámica
estructural puede darse en cualquier etapa histórica
pero ¿no es cierto que su lógica tiene un eco
siniestro (y reduplicador) en los imperativos bulímicos
del capitalismo actual?.
Política
y psicoanálisis
¿Puede hablarse de “poder” ó de “política”
en el ámbito psicoanalítico?. El único
poder legítimo que podría llamarse de verdad psicoanalítico
estaría sin duda del lado del analizante, pero nunca
del lado del analista. El analizante, gracias al dispositivo
analítico, puede transformar las coordenadas del lenguaje
a través del cual él -en tanto sujeto- fue constituido.
Ese es su poder. Y el analista, en base a la ética que
debe regir su acto, renuncia al poder de ubicarse en la posición
del Amo. Por ello, Lacan insiste en que el discurso del amo
es el reverso del discurso del analista, y éste a su
vez el reverso del Amo. El analista, gracias a la transferencia,
ocupa un lugar de poder respecto de su paciente, pero debe renunciar
a utilizarlo para su provecho personal y/ó para sugestionar
al analizante, limitándose a acompañar al sujeto
en el atravesamiento de sus fantasmas.
Freud no optó por ningún modelo político
ó de organización social. Incluso receló
explícitamente de las grandes utopías revolucionarias
que se construyeron en su época. No obstante, en los
textos freudianos hallamos numerosas indicaciones que permiten
elaborar un posible tratamiento de lo político desde
la teoría del inconsciente y del goce. Freud es el primero
en postular de una forma contundente que todo lazo social se
funda sobre la base de una renuncia parcial del goce pulsional.
El modo en que las sociedades imponían dicha renuncia
ignoraba el “uno por uno” de la particularidad,
pero se sostenía sólidamente gracias a las fuertes
identificaciones a los líderes y/ó a los principios
que éstos representaban. Eso ha empezado a cambiar sustancialmente
en los últimos tiempos. En la actualidad no sólo
se reivindican los goces particulares, sino que incluso se constituyen
grupos entorno a algunos goces específicos con la pretensión
de acceder a la legitimidad. Un ejemplo extremo es el de un
nuevo partido holandés que incluye como propuesta fundamental
en su programa político la legalización de la
pederastia.
Más allá de la vigencia estructural de las consideraciones
freudianas acerca de los fundamentos de lo político,
sus teorizaciones estaban referidas obviamente a la época
en que las sociedades disciplinarias ejercían sobre todo
una función de prohibición y/ó de regulación
del goce.
Actualmente la situación es bastante más compleja.
El superyo postmoderno ya no es exactamente prohibidor, se trata
más bien de un superyo que empuja a gozar siempre más
y más: de los objetos, de la técnica, del consumo,
de la felicidad instantánea, de la supuesta autoayuda,
del trabajo, de la imagen.
El declive del Nombre-del-Padre acarrea un fracaso de las formas
tradicionales de regulación del goce.
El discurso capitalista del siglo XXI niega lo imposible y pretende
apropiarse de lo real, de forma totalizadora, para que nada
quede por fuera de dicho discurso que no soporta la falta.
El psicoanálisis no existe en los países no democráticos.
Está ligado, desde sus comienzos, a la libertad de expresión
y al pluralismo. Estuvo prohibido en la Unión Soviética,
y casi no se ha desarrollado en los países musulmanes.
En España, en la larga noche del franquismo, apenas sobrevivió
en pequeños grupos que tuvieron una influencia prácticamente
nula frente a la poderosa psiquiatría nacional-católica
y celtibérica.
En la actualidad hay dos países en los que sigue teniendo
un protagonismo y una difusión excepcionales, Francia
y Argentina, pero incluso en ellos empieza a constatarse una
implantación cada vez más feroz de las nuevas
críticas a la praxis psicoanalítica.
En la medida en que las democracias neoliberales del nuevo milenio
son cada vez más y más totalitarias en su estructura
y en su gestión cotidiana, se problematiza la existencia
misma del psicoanálisis y los psicoanalistas.
Los psicoanalistas han mantenido siempre cierto grado de extraterritorialidad.
Esa separación respecto de las instituciones estatales
y de los poderes oficiales se daba en contextos que respetaban
cierta distinción entre lo público y lo privado.
Una paradoja actual es la íntima coexistencia de un discurso
ultra-liberal que adelgaza supuestamente el papel del Estado
en beneficio de la iniciativa privada, pero al mismo tiempo
un Estado que no renuncia para nada a su rol de Amo y se reserva
el derecho de decidir qué es lo sano y qué lo
nocivo para los ciudadanos, pretendiendo salvar a los sujetos
de sí mismos.
El modelo conductual-cognitivista se adecua muy bien a esa pretensión
controladora dado que interpreta el síntoma como un error
de cognición. Basta descubrir donde está ese error
cognitivo para, desde el modelo de “realidad” que
representa el terapeuta, ayudar al paciente a elaborar una percepción
más “adecuada” de las cosas.
Los síntomas ya no son conceptualizados como un mensaje
del sujeto que espera un desciframiento. La escucha analítica
es la única que respeta el síntoma y lo pone a
trabajar. Interpretarlo como un error es desactivar su raíz
y ofrecer al sujeto una buena y uniformada “forma”
de estar en el mundo.
Siguiendo a algunos autores como J.A. Miller y otros, puede
decirse que el psicoanálisis no es revolucionario pero
si subversivo. En el análisis no se trata de empujar
al sujeto a cambiar el mundo. No obstante, es probable que al
final de un proceso analítico el analizante esté
en mejores condiciones que antes de decidir qué puede
y qué quiere hacer respecto de las injusticias sociales
y políticas.
El proceso analítico es subversivo porque va en contra
de las identificaciones. En cierto modo el psicoanálisis
socava un punto clave de cualquier teoría política:
la identidad. En la identidad de un sujeto la política
encuentra su base y su dialéctica. El obrero para el
marxismo, como el trabajador para el capitalismo ó la
mujer para el feminismo, son sujetos que se definen en oposición
a otras identidades supuestamente exteriores: el empresario
y/ó el patriarca machista.
El sujeto dividido propio del psicoanálisis, sobre todo
a la luz de la teoría y la práctica lacanianas,
subvierte la oposición radical entre lo interior y lo
exterior. La “extimidad” destruye cualquier pretensión
esencialista y demuestra que toda identidad política
tiene un estatuto fantasmático, cubriendo a duras penas
un vacío esencial.
Nos falta una reflexión política lúcida
-y tal vez también lúdica- que se sustente de
alguna manera en esa posición subjetiva post-analítica
(de sujetos que hayan hecho un psicoanálisis), sin caer
en el cinismo ni en el discurso ininteligible válido
sólo para los iniciados.
Lo
“auto” y lo “hétero”
Vivimos también en la época de lo “auto”:
basta percatarse de la omnipresencia del concepto de “autoestima”
(más que de “concepto” habría que
calificarlo de “emblema”) y del éxito abrumador
de los llamados libros de “autoayuda”. ¿Qué
ha sucedido con lo “hétero”, con la alteridad,
con la diferencia?.
El auge de lo “auto” es coherente con el “american
way of life” en el que el mito del “self-made-man”
(hombre hecho a sí mismo) es fundamental desde hace ya
muchas décadas. Alguien que se hace a sí mismo
es alguien que ignora radicalmente que nuestra constitución
como sujetos tiene lugar siempre en el campo del Otro. Probablemente
nos convendría un poco más de “heteroestima”,
aunque el espíritu contemporáneo no sea muy propicio
a lo “hetero”, a lo otro.
En estos tiempos dramáticamente simplones que nos está
tocando vivir, escuchamos por doquier una constante apelación
a la “autoestima” como clave de superación
de muchos malestares. Aún y a riesgo de que se nos acuse
a los psicoanalistas de ser unos aguafiestas o de querer nadar
con demasiada frecuencia a contracorriente, conviene advertir
que no siempre es apropiado incentivar la susodicha autoestima
puesto que, en muchos casos, lo único que así
conseguiremos es alimentar todavía más el siniestro
narcisismo escondido en todo sujeto.
En otras épocas existía un viejo y extraño
precepto que nos conminaba a amar al prójimo como a uno
mismo. Tanto Freud como Lacan comentaron en más de una
ocasión la dimensión un tanto estrambótica
de ese imperativo. Para intentar cumplirlo, la primera dificultad
estriba en que no está nada claro que los seres humanos
nos amemos de verdad a nosotros mismos. En todo caso hay que
precisar bien de qué clase de amor se trata cuando un
sujeto se toma a sí mismo como objeto de estima. El psicoanálisis
desvela en el corazón de cada ser humano una poderosa
fuerza a la que dio un nombre mítico: narcisismo. Pero
el narcisismo que nos habita no es una simple e inocente manera
de querer-se o de gustar-se. Lacan decía que la experiencia
analítica ilumina en el fondo del hombre lo que podemos
denominar el odio de sí. Ya en el relato del mito se
ve con claridad como se trata de una fuerza que puede llevar
hasta la muerte: Narciso queda capturado en la fascinación
mortal de su propia imagen.
Reconozcamos que, más allá de las aporías
referidas al amor propio, tampoco es nada fácil transitar
el camino del amor al otro. La historia nos demuestra cómo
a menudo lo que nos resulta más difícil es precisamente
la convivencia con aquellos que están más cerca
de nosotros o incluso más se nos parecen (un ejemplo
muy claro de ello es el de los árabes para los españoles).
Aunque en el racismo subyace un temor profundo a lo diferente
(sostenido con frecuencia por la suposición fantasiosa
de un goce también diferente, y por supuesto siempre
superior) nuestra ambivalencia frente a lo distinto se camufla
y se sublima con frecuencia en el interés por lo “exótico”.
Pero aquello que Freud bautizó como “el narcisismo
de las pequeñas diferencias” es uno de los ingredientes
esenciales en la dificultad cotidiana de soportar a esos otros
que se nos parecen tanto que son casi como nuestro reflejo.
El yo de cada uno se ha forjado con materiales procedentes de
los otros, de los semejantes que han actuado como espejos constituyentes.
Todos somos múltiples y todos tenemos una parte extranjera
en nuestro propio interior. Solamente si somos conscientes de
ello podremos abordar de una manera realista ese viejo y extraño
precepto, y no quedarnos atrapados en las redes del narcisismo.
La psicoanalista Colette Soler ha propuesto el neologismo “narcinismo”
(mixto de cinismo y narcisismo) para designar una de las dimensiones
más claras del espíritu actual.
Numerar,
medir y evaluar
A todo lo mencionado, se le agrega también la ideología
de la evaluación continua. Todo tiene que ser evaluado,
medido, numerado. La voluntad universal de imponer una forma
de evaluación normativa y cuantificadora es difícilmente
compatible con lo más íntimo de la experiencia
analítica, y entonces los propugnadores de dicha ideología
utilizan esa incompatibilidad como un argumento más para
descalificar la praxis analítica. Hacer pasar una cura
psicoanalítica por los protocolos de la evaluación
es equivalente a lo que los juristas romanos llamaban una “probatio
diabólica”, es decir una prueba del todo imposible.
La atmósfera de control de lo terapéutico que
se va extendiendo cada vez más en el planeta global del
siglo XXI es inquietante en grado sumo. Mencionemos sólo
dos ejemplos.
En Canadá ya hay numerosos terapeutas que graban en vídeo
todas las sesiones de psicoterapia con el consentimiento firmado
del paciente, y al parecer la intromisión de semejante
tercer ojo en la intimidad de la consulta se argumenta sobre
todo para asegurar al terapeuta en el caso de que fuese denunciado
a su colegio profesional por no haber cumplido satisfactoriamente
sus promesas terapéuticas.
En Italia se ha dictado una ley que obliga a los profesionales
de la escucha a denunciar a las autoridades cualquier uso de
drogas ilegales que puedan conocer en el ámbito de su
práctica clínica. Aunque luego no se llegue a
aplicar, el mero hecho de concebir una ley semejante ya da cuenta
de por donde van las intenciones legisladoras.
Lo que se nos vende como lo más científico es,
en muchas ocasiones, un mero uso tendencioso de la estadística.
Se nos pretende hacer creer que lo científico es solamente
lo calculable, lo previsible y matematizable. Y ello va ligado
muy estrechamente con una gestión de la política
pública en salud mental basada en meros criterios de
economía de mercado. Es una alianza perversa del cientifismo
y de la ideología de los “managers”.
Las disciplinas que se ocupan del “malvivir” en
su dimensión psicológica y afectiva, las llamadas
disciplinas “psi”, están siendo atrapadas
por ese modelo de pensamiento. Todo ha de pasar por “protocolos”.
El protocolo es el instrumento idóneo para ejercer un
supuesto control de calidad en el que las experiencias deben
poder serializarse de forma repetitiva e inmutable.
Se trata de disciplinas que en su núcleo central contienen
un elemento ajeno a cualquier sistema uniformizante: el deseo.
Pero la mayoría de sus practicantes prefieren no enfrentarse
a ese elemento perturbador del que nada se dice en las universidades.
De hecho, el éxito de las TCC y de sistemas semejantes
es, en gran parte, un éxito frente a la angustia que
experimentan muchos licenciados jóvenes (médicos,
psicólogos, pedagogos) ante la incertidumbre de la clínica
cotidiana.
El
psicoanálisis en el siglo XXI
A pesar de sus más de cien años, el psicoanálisis
goza de muy buena salud. Al margen de si los consultorios particulares
reciben más o menos demandas que antaño, en las
instituciones públicas de salud mental abundan los psicoanalistas
(aunque nunca contratados como tales), sigue existiendo interés
por la formación en psicoanálisis, y la teoría
analítica se halla en un momento muy vivo con debates
apasionados y replanteamientos novedosos de cuestiones tan diversas
como el final del análisis y el abordaje de las llamadas
nuevas formas de presentación de los síntomas.
Tal vez lo que no goza de tan buena salud son las asociaciones
de analistas, pero ese es otro gran asunto que no podemos abordar
aquí y ahora.
No obstante, con el psicoanálisis sigue ocurriendo algo
ya conocido y es que no se habla apenas de él en los
medios de comunicación, a menudo como si no existiera,
o las pocas veces que se menciona es para desprestigiarlo o
hacer un certificado de defunción del mismo. Se dice
una y otra vez que ya ha sido superado, ó que no está
“de moda”. El riesgo es que los analistas nos acostumbremos
demasiado a esa situación y nos quedemos en el confort
de esa buena salud argumentando que cierto grado de “isolation”
es inevitable para el psicoanálisis. Y es verdad que
nunca podrá estar absolutamente incorporado por los discursos
dominantes, pero ello no nos debe servir de excusa para no entrar
en los debates contemporáneos.
Con relación a algunos de los diferentes rasgos de nuestra
época que hemos ido mencionando, ¿qué dice
el psicoanálisis? ¿qué decimos los analistas?.
Respecto al declive del padre, constatamos sus efectos en los
sujetos (a veces muy devastadores) pero debemos advertir al
mismo tiempo de los riesgos que implican ciertas tendencias
que empiezan a apostar por un retorno al poder patriarcal perdido.
El principio de autoridad está en crisis, pero el psicoanálisis
no puede aliarse con la nostalgia del padre que muestran ciertos
movimientos sociales neo-conservadores (especialmente en los
Estados Unidos de América, aunque –como todo- acabarán
por llegar tarde ó temprano a nuestros territorios).
Desde el psicoanálisis podemos interpretar ciertos fenómenos
dictatoriales que retornan con fuerza como la faz más
oscura de la vuelta a la autoridad paterna. Nuestras investigaciones
sobre la función paterna deberían ayudar a prevenir
confusiones de consecuencias inquietantes.
Frente a la dialéctica globalización-diferenciación,
los analistas hemos de denunciar y combatir las políticas
de segregación siempre prestas a surgir en cualquiera
de los dos extremos de dicha pareja especular. De hecho, el
psicoanálisis, en su ética radical que lo diferencia
del resto de terapéuticas, ha estado desde sus orígenes
en la perspectiva diametralmente opuesta a la de cualquier política
segregativa.
Por lo que se refiere a la tentación de la des-responsabilización,
el mensaje ético que podemos aportar no siempre es fácil
ni cómodo. Intentemos, pues, decirlo bien. Apliquemos
la ética del bien-decir (que tanta importancia tiene
en la dirección de nuestras curas) a los debates que
podamos tener con otras disciplinas o con los ciudadanos en
general.
Cuando apelamos a la responsabilidad de los propios sujetos,
o de las familias, frente a sus malestares y sus síntomas,
ello no debe implicar una culpabilización. Es otro reproche
que se hace en ocasiones al psicoanálisis. Responsabilizarse
quiere decir poder dar respuestas particulares, propias, íntimas,
de cómo cada uno está concernido e implicado en
aquello que lo hace sufrir. La escucha analítica ofrece
a los sujetos un espacio en el que poder desplegar las causas
que no se remiten solamente a la biología o al Otro social.
Reconocer la responsabilidad que cada uno tiene de su goce y
de sus síntomas es un paso liberador aunque no siempre
sea fácil. Significa poder apropiarse de las palabras
que han marcado al sujeto desde el inicio mismo de su existencia.
Significa acceder a tener una voz propia, un estilo de vivir
que no tiene porque estar acompasado con el estilo del rebaño.
Vivimos una época en la que se da la paradoja de que
el postmodernismo, el post-feminismo y el post-estructuralismo
enfatizan que todo es contingente y relativo, no utilizando
casi referencias ancladas a la realidad, y a la vez el imparable
avance de la ciencia explora más y más la referencia
a una realidad supuestamente objetiva. En esa tesitura tan especial,
el psicoanálisis ocupa un lugar bien definido aunque
no siempre és fácil de transmitir. Reconoce una
dimensión contingente indiscutible en lo humano (en las
curas se trata a menudo de descubrir eso) pero a la vez sin
olvidar del todo la referencia a lo real. Lo que ocurre es que
el real al que nosotros nos referimos no es exactamente el mismo
que el de la ciencia. Nuestro real es fundamentalmente el del
goce y el sexo. Por tanto, el psicoanálisis no es idealista
ni tampoco completamente relativista. De algún modo,
podríamos decir que es “realista”, pero siempre
y cuando añadamos de inmediato que su real es distinto
del de los científicos positivistas.
En el juego entre lo contingente y lo real, los analistas no
podemos ignorar la dimensión social e histórica
de los síntomas. En los síntomas hay una parte
estructural, ahistórica, ajena al paso del tiempo, pero
hay otra vertiente totalmente permeable a los discursos dominantes
del momento. En la actualidad los síntomas tienen una
presentación más autística y menos simbólica
que hace un tiempo. Depresiones, toxicomanías, anorexias,
fibromialgias, dolores crónicos, fatigas crónicas
también, son trastornos que no coinciden con las demandas
que presidieron el nacimiento del análisis, pero eso
no quiere decir que el análisis no pueda ocuparse de
ellos. Aunque sean presentaciones sintomáticas poco propensas
al discurso, más cercanas al acto, están sostenidas
igualmente por una estructura de lenguaje y, a lo sumo, los
analistas tienen que adoptar un papel más activo para
tratar de poner de manifiesto los elementos significantes que
dichas presentaciones ocultan. Ese es uno de los retos fundamentales
para el análisis contemporáneo, estar a la altura
de esas nuevas demandas, reivindicando su eficacia terapéutica
específica, pero a la vez sin olvidar nunca su dimensión
subversiva respecto del saber y del deseo.