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Publicat a la revista Viscera 2, Març 2008

Del estado del bienestar al gobierno terapéutico.

-un contexto, el desmantelamiento del estado.-

Las nuevas condiciones de vida que comienzan a desarrollarse en la ciudad a nivel global, nos indican ciertos procesos de transformaciones que acontecen velozmente y en múltiples niveles, entre ellos intentaremos indagar en dos que inciden de manera determinante en los modos de implementación del poder y las nuevas políticas de gobierno urbano, estos ámbitos son el de la soberanía y el de la economía política, desde estos dos vértices podremos explicar como es que se han ido produciendo las transformaciones en la ciudad y hacia adonde se dirigen esas transformaciones, desde nuestra perspectiva, hacía la instalación de una hegemonía definitiva democrático liberal capitalista que ha introducido un nuevo marco de relaciones que se deja sentir sobre la constitución política del presente.

El capital financiero especulativo, la deslocalización de la producción, la flexibilización del mercado laboral, así como la imposición de criterios de rentabilidad sobre el truncado proyecto de estado “del bienestar” son variables que entran a formar parte, de un modo radical, del gobierno de cualquiera de nuestras sociedades.

Así los procesos de privatización iniciados hace ya algo más de dos décadas han supuesto un claro retroceso de la figura del estado como mediador del conflicto público, -el “estado de bienestar” ya no figura como elemento que amortigua las diferencias sociales, base del conflicto social,- y tampoco como gestor del excedente de anormalidad -enfermedad, locura, delincuencia-, es en este contexto que podemos entender la subasta de la sanidad pública, los pocos recursos destinados a la externalización de pacientes a los cuales se le ha diagnosticado una enfermedad mental (siendo en muchos casos las familias quienes deben correr con la mayoría de los gastos) y las concesiones a empresas privadas para abrir centros penitenciarios.

Este rol, que antes se le exigía al estado, empieza a ser asumido por otras instancias (sobre todo ongs, verdaderas empresas de intervención social), lo cual supone una paulatina suplantación del tejido asociativo, que sobrevivía con algunos fondos de la administración y una gran cuota de solidaridad, en favor de toda una red asistencial financiada por capital privado y que acaba por convertirse en nueva fuente de consenso.

-sociedad de control y nuevo discurso terapéutico.-

Por otra parte el vacío que deja el discurso estatal sobre el bienestar, y sus supuestas prestaciones,-por que sabemos que el mito del estado del bienestar llego a hacerse real solo en algunos países de Europa, engendrando malestar social y la posterior critica radical a las formas de vida que proponía, -crítica a la sociedad de la opulencia-, se rellena con un nuevo discurso, el discurso terapéutico, lo cual no es sólo una afirmación del proceso de terapeutización que vivimos en nuestras sociedades sino la confirmación de todo un nuevo escenario.

“la legitimación del estado dejo de basarse hace algún tiempo en sus funciones hobbesianas, y se fundamenta en sus prestaciones como redistribuidor de los medios de vida y el acceso al confort, demuestra su utilidad como imaginario terapeuta colectivo, así como garante de comodidades tanto materiales como imaginarias, dirigidas a una mayoría” (Peter Sloterdik. El palacio de cristal).

Este nuevo marco de relaciones sociales puede ser aprehendido a partir del pasaje de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. Este transito se caracteriza por el hecho de que el ejercicio del poder se descentra de sus terminales institucionales y prolifera capilarmente hacia todo el espacio social, de este modo la ciudad deviene el lugar a ser controlado, mediante un deslizamiento estratégico hacia el territorio que viene a complementar y a perfeccionar, el adiestramiento de cuerpos dóciles y productivos, trabajo que tradicionalmente habían realizado las instituciones disciplinarias ( la escuela, el hospital, el psiquiátrico y la cárcel) volviéndose las calles el nuevo escenario del control social.
Una segunda diferencia, es que la sociedad de control, en su expansión profundiza un trabajo intensivo en la subjetividad, ya que son colonizadas zonas hasta ahora consideradas autónomas o libres como lo son la naturaleza y el inconsciente es decir el cuerpo, la vida, los deseos, de esta forma todo el espacio subjetivo deviene social, es decir productivo, en este sentido, la organización de la vida es el oscuro objeto de deseo de la sociedad del control, “porque la dimensión productiva en la vida es una de las claves de la misma, la vida está destinada a trabajar para la producción y la producción a trabajar para la vida”. (. Toni Negri Imperio, p.45)

El pasaje de la disciplina al control, que no es un mero relevo sino un perfeccionamiento de los dispositivos de poder, es correlativo a la transición del estado como piedra angular de la ordenación socio-política y eje de los ciclos productivos, que pasan ahora a formar parte de las empresas privadas trasnacionales, este descentramiento es el que da lugar a la emergencia de la maquina gubernamental, constituyéndose esta en un nuevo paradigma del poder, ya no centralizado como el estado, sino como máquina descentrada y descentrante, un poder deslocalizado que implica una nueva ingeniería donde la anomalía, ya entendida como energía entrópica rentable, pasa a ser principio de ordenación, allí donde el guardián ya ha sido interiorizado, se gesta una autoimplicación del individuo en el gobierno colectivo (su apoteosis es el discurso de responsabilidad individual) y en donde todos funcionamos como nódulos en una sociedad red que nos atrapa.

-Nuevas políticas urbanas o la terapeutización de la ciudad.-

El vacío que ha dejado el gobierno como gestor del conflicto publico, que al no contar con los recursos necesarios, no puede administrar los excedentes que produce el conflicto social, y que se reduce a mero conflicto jurídico-sanitario, comienza a ser absorbido por instancias mas blandas “no gubernamentales” que reemplazan la vida asociativa por la vía asistencialista y el discurso político por el discurso terapéutico, que se erige como el dispositivo táctico actual para soslayar el déficit de sentido que produce la gubernamentalidad, en tanto maquinaria que administra a una población, mediante la producción o el adelantamiento de sus flujos vitales, nos hacen desear lo que nos pueden vender; se produce la enfermedad o la anomalía para luego proporcionarle la cura o la pena y legitimar así el despliegue de la terapia.

Si bien este fenómeno de la terapia no es nuevo y ya en los 70 es advertido claramente por diferentes pensadores: -Michel Foucault: “la terapia es la traducción de todo el lenguaje psiquiátrico a la noción de sufrimiento, convierte el lenguaje psiquiátrico en lenguaje del sufrimiento, con vista atenuar los sufrimientos y el peligro”. - David Cooper: “la ideología del sufrimiento” es la ideología de la salvación personal, ahí residen las técnicas mas avanzadas esterhard sensitivity training, meditación trascendental, terapia de renacimiento: toda una tercera fuerza en terapéutica, tras el psicoanálisis y la teoría del comportamiento” (M. Foucualt, Diálogos sobre el poder).

Sin embargo de lo que se trata ahora, es del devenir terapéutico de la gubernamentalidad o de la terapia como elemento transversal del control de los cuerpos, transformando el espacio publico, la ciudad y sus calles en un espacio a terapeutizar, siguiendo al pie de la letra la máxima de que “gobernar es higienizar”, así la ciudad se organiza arquitectónicamente para administrar el sufrimiento, el dolor, el miedo y el peligro, en este sentido el objetivo de la terapia como modo expandido de la gubernamentalidad es producir la culpabilidad como acontecimiento psíquico mas que como hecho jurídico, cuando subo al autobús y no pago el pasaje, las miradas enjuiciadoras del resto de los ciudadanos cívicos, intentan hacerme sentir culpable, por que ellos ya han internalizado su culpabilidad y por lo tanto deben cumplir la ley.

Así el nuevo discurso que asola el espacio público es el civismo, si bien antes la ciudadanía era un derecho inalienable, ahora, en cambio, el civismo irrumpe como nuevo mecanismo de este poder, el civismo ya es una interpelación directa a formar parte de una estructura, e implica una relación mediada por el cumplimiento de la norma. Pero el civismo aparece como un complejo de dos caras, por un lado los discursos terapéuticos volcados desde las instituciones y que median en nuestra relación como individuos con el espacio público y el resto de usuarios (no hay nada que te pidamos que no sepas hacer) ya convertidos en cívicos, y por otra parte el estado policial quien realiza verdaderas cacerías de inmigrantes, reprime duramente las manifestaciones que no son tolerables, o multa por mear en la calle.

El espacio público, en última instancia, aparece sobreregulado no sólo a través de las normas explícitas si no también a partir de la incorporación de la norma por parte de los usuarios propietarios del mismo.

Estos elementos componen una visión aséptica de la ciudad, la cual tiene como objetivo la despolitización del espacio público y su posterior homogenización para que en sus calles circulen solo vidas “privadas”. Desapareciendo el espacio público en tanto el lugar donde se escenificaban las disputas sociales, el lugar donde se dirimían los conflictos, lugar donde estallaba la rabia, el odio social, ya que incluso la protesta ha sido incluida como actividad terapeutizada que el gobierno puede contener cercando el lugar y fijando el horario para que después de los jubilados, protesten los de la sociedad protectora de animales e incluso el gremio policial y así sucesivamente, cumplan con su rol de cívico, purguen su mala conciencia y se lleven su kit del manifestante a casa, mientras el cuestionamiento real al orden establecido en cualquiera de sus caras adoptara inmediatamente el rostro de la criminalización y la posterior persecución, es en este contexto que hay que entender la represión en el espacio público y los discursos de “tolerancia cero” asumidos por las instituciones gubernamentales.

-Los requerimientos de la ciudad posmoderna-.

Este nuevo funcionamiento, este nuevo modo de gobernabilidad requiere de nuevas cualidades, nuevos saberes, (por ejemplo, el carcelero se convierte en educador), la irrupción de todo un nuevo discurso del poder sobre nuevos territorios, como son la vida y el funcionamiento de la ciudad, lo cual implica su planificación y diseño, y la emergencia de nuevos protagonistas: el arquitecto y el urbanista. Estas transformaciones coinciden con lo que en el ámbito de la economía política se denomina pasaje del fordismo al posfordismo, tránsito de la ciudad industrial a la ciudad posmoderna, en la primera aún persiste el conflicto social, en la segunda ha sido borrada la subjetividad del trabajador mediante distintas estrategias, entre ellas, la producción del aislamiento, en sus dos caras como construcción de lugares privados o como guettos.

La ciudad posmoderna al transformarse en un espacio para bienes y servicios, finanzas, telecomunicaciones y nuevas tecnologías, deja de priorizar el rol del ciudadano y se disuelve el status simbólico del espacio público, haciendo desaparecer del mapa las figuras históricas propietarias de la promesa de emancipación y portadoras del conflicto político: el trabajador, el ciudadano.

El paso de la producción en masa, que requería mano de obra en el montaje para producir el encadenamiento de la producción, a la especialización flexible, que requiere de empresas especializadas o grandes empresas descentralizadas y móviles, es lo que conocemos como el paso del fordismo al posfordismo: ¿cuáles serian las implicaciones espaciales de este nuevo modelo? ¿Cuáles son las transformaciones que provoca el fin de la ciudad fordista?

La transformación de la ciudad desde la perspectiva de la economía política consiste en observar sus mercados de trabajo que definen el flujo interno y externo y los modos de gestión y ordenamiento de esos flujos, es decir las técnicas gubernamentales de diseño y recalificación/erradicación que conllevan las nuevas políticas de gobierno urbano, por ejemplo, la nueva ordenanza municipal en Barcelona, y el Transantiago en chile. Este nuevo dinamismo urbano esta hecho bajo los requerimientos de la ciudad invisible, que se deposita sobre el cadáver de la anterior ciudad y no necesita de trabajadores, iniciando los procesos de precarización determinados por la cesantía, generada a su vez por los despidos masivos de las viejas fabricas industriales; si el fordismo generó aglomeración en la ciudad y sindicalización en las fabricas, el posfordismo genera la desindicalización cuya consecuencia es el aislamiento que se profundiza con el fraccionamiento del urbanismo carcelario, produciendo una ciudad dual y, por lo mismo esquizo. Así, todas nuestras ciudades no dejan de ser sensibles a esta tensión que parece imponer el nuevo orden. Cada vez más somos espectadores de dos tipos de ciudad: higienizada (apolínea) esto es una ciudad limpia, aséptica, dónde las sirvientas pasean los perros de los amos, donde en los parques hay grupos de yoga, y niños jugando al aire libre (barrio residencial donde “todo el mundo” quiere vivir). Pero en ellas hay casas llenas de rejas, de vallas de alarmas, de cuerpos de seguridad privados. La casa ya no es un hogar sino una celda de aislamiento.

Y una ciudad por higienizar (dionisíaca), caótica, degradada (porque los gestores de lo público han desertado de su función de invertir en ellas), que se convierte en el anverso de la otra, en todo aquello que justifica a la otra. Una sucia ciudad, llena de policía, que en algún momento será reciclada a través de un plan de desarrollo urbanístico. Este es el rol del arquitecto en la composición del nuevo orden urbano, construir una ciudad cimentada en el miedo, cuyo diseño es defensivo: videovigilancia , guardias privados, aislamiento como privilegio que marca la distinción y otorga la seguridad de resguardarse del miedo que provoca la sucia ciudad, donde se enfrentan las minorías con la policía, countries privados en Buenos Aires, condominios en Santiago, blindaje urbano en Ciudad de México, enclaves fortificados, control y sujeción para los residentes, felicidad controlada, el diseño de las edificaciones incide en las practicas sociales y en las interacciones subjetivas: miedo y deseo de mas seguridad para los que quedan dentro y segregación para los que quedan fuera, en la sucia ciudad. En Francia los jóvenes de las periferias la única relación que han tenido con el gobierno es a través de la policía. Violencia social y deterioro urbano, escenografía del cerco social, el fraccionamiento y la dispersión respecto de la mancha urbana, el miedo legitima la política de fraccionamiento cerrado y fortalece las medidas de estas ciudades de alta seguridad. En Londres una cámara de videovigilancia por cada 40 habitantes, ciudades llenas de alarmas y botones de pánico, donde somos sospechosos por existir. Ley de merodeo en Buenos Aires, y partes por uso intensivo del espacio público en Barcelona.

En la ciudad posfordista el crecimiento en los puestos de trabajo en servicios, medios y finanzas, que los pobres no están calificados para desempeñar, provoca la dislocación de clase propia del nuevo orden mundial: el excluido, el precario, apenas tiene un margen para ingresar como explotado en el trabajo como obrero en la construcción de las nuevas redes de circulación del urbanismo carcelario y la especulación inmobiliaria, donde el nuevo protagonista no es el sujeto sino el automóvil. En este sentido, los proyectos de mega progreso son a la vez proyectos de marginalización. Estados Unidos, el país con la tasa de encarcelamiento mas elevada del planeta, paso de 200.000 presos en 1970 a 2.ooo.ooo en el año 2000. En zonas como Brooklyn y el Bronx el 90% de los presos retorna a las cárceles, que están concentradas en los barrios pobres,, generando procesos de migración interna de la calle a la prisión y viceversa en los cuales el estado invierte millones de dólares, ¿cómo? Ubicando las cárceles privadas en los extrarradios de aquellos barrios. En este sentido, la cárcel comporta y soporta los procesos de territorialización / exclusión de la ciudad.
La ciudad pofordista representa el cambio de una ciudad para ciudadanos, a una ciudad para trabajadores móviles y consumidores. En el plano gubernamental, la consecuencia es el cierre de la calle, la clausura del espacio público mediante su homogenización, que es una forma de privatizarlo, ya que lo que acontece es el intento de agotar, neutralizar, invisibilizar el conflicto social.


Jordi Arola y Esteban Zamora – Oficina Social de Antropología y Prisión-.